Miguel Rodriguez ≈ Announcement & Essay

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Esta nota es sólo para anunciaros en lanzamiento del número cero de una revista que hemos formado: El Cratonauta.

http://elcratonauta.com/

Disfrutad,

Miguel

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Integrum

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El siglo XX ha traído consigo series muy extensas y heterogéneas de cambios en el mundo de la acción y de las perspectivas teóricas con que afrontarla que, aun en el mejor de los casos, no hemos digerido con propiedad. La tarea es en verdad ingente: no sólo por la cantidad y diversa cualidad de material, sino por la dificultad de una definición de aquello que supondría el ‘mejor de los casos’. Es en sí mismo sintomático que hoy las jerarquías (sociales, biológicas, espirituales) nadan en un océano de relatividad, y no al revés, como fue antes de la modernidad: lo relativo estaba inmerso en una concepción ante todo vertical y de clara aspiración universal.

 

   Aunque todo aquello que vaya acompañado del apelativo ‘transcendente’ se dispone a ser sometido al abuso, y aunque la división en épocas (por ejemplo ‘siglo XX’) no deje de contener gran arbitrariedad, hay que empezar el análisis por algún sitio. Así, uno diría que lo mejor del siglo XX, entre y tras sus crisis terribles e inauditas, contiene un balbuceo de algo que podría calificarse como trans-perspectival, o, como lo llamó aquel extraño y desapercibido pensador suizo, Jean Gebser, aperspectival. Lo trans-perspectival estaría ligado a la posibilidad (filosófica) de contemplar desarrollos, constelaciones, dispersiones, mutaciones, relaciones, transformaciones, etc. en su concreción, sin que los ritmos propios de las visiones mágica (pre-temporal, unitaria), mítica (intemporal, cíclica), o racional (histórica, lineal, espacial) vengan a imponerse exclusivamente, y sin tampoco prescindir de ellas (como si tal cosa fuese posible).

 

   Por su parte, bajo la etiqueta ‘siglo XX’ nos estaríamos refiriendo, entre muchos otros fenómenos conocidos (crecimiento económico, industrialización y éxodo rural, tecnificación, explosión demográfica, degradación ecológica, globalización política y económica), a los siguientes elementos: 1) la realización completa del pensamiento totalitario: el exterminio; 2) con ella, la crisis de la razón, o por lo menos de cierto tipo de razón (lo que Horkheimer y Adorno llamaron ‘Ilustración’); 3) la búsqueda de un salida plausible a lo que Heidegger llamó ‘el fin de la metafísica’, Foucault la ‘filosofía del sujeto’ y Habermas ‘el paradigma de la conciencia’; 4) la teoría de la relatividad como introducción del factor tiempo en la física, y el descubrimiento de la energía atómica; 5) la (equívoca) destrucción formal del arte; 6) horizontalización de los valores morales y estéticos: en última instancia el nihilismo; 7) secularización, emergencia del neo-paganismo, redescubrimiento del misticismo, individualismo religioso y sincretismo teológico-filosófico; 8) avance en la igualdad social, casi nunca en la libertad, y asimismo progresiva despolitización bajo fachadas demagógicas cada vez más burdas y obscenas; 9) ocaso de las ideologías, cuyas causas podríamos rastrear en: a) la caída de la Unión Soviética como referente de Estado para la izquierda; b) la absorción del sindicalismo por el Estado del Bienestar; c) el giro de la Iglesia Católica en el Concilio Vaticano II; d) la crisis del Estado moderno como forma de expresión política; e) la ausencia de control político efectivo, en la que cualquier sigla partidista puede hacer lo opuesto a su ideario sin traer consecuencias, o donde la corrupción, la ignorancia o el consenso oligárquico extienden sus dominios sin que pueda detenérseles.

 

   Entre la tremenda confusión que entraña la creciente expansión de los distintos dominios del saber, hemos asistido a algunos intentos cabales, pero harto necesitados de re-elaboraciones sucesivas, de integración sistemática, sin que ello implique abolición de lo diverso o del conflicto, o restar importancia a la trayectoria singular de la que parte uno u otro intento integrador. Constantemente necesitados de corrección tanto en el detalle como en una generalización cada vez más compleja pero siempre todavía necesaria, tales intentos aspiran a hacer la realidad más transparente al pensamiento, por mucho que la materia siempre conserve un fondo irreducible de oscuridad, o por mucho que ninguna integración pueda ser total.

 

   Pasado, presente, futuro: temporalidad abierta que va cerrándose a cada paso, en cuyo seno vuelve a asomarse la posibilidad de algo nuevo, pronto contagiado de pasado. Aspiración a un presenciar que ni quiere huir de la realidad ni tomar sólo una parte de la misma. Aspiración a lo diáfano no por falta de raíces, rutas conocidas o metas concretas, sino por una necesidad de comprensión de lo que es, ha venido siendo y podrá ser.

 

   Éste será, pues, un rincón para estudios y observaciones diversas con la intención de despejar cielo y tierra. Dentro y fuera de cada momento, con perspectiva histórica, y de tal modo que, al contrario que en Hegel, al fin la comprensión no se vea obligada a reducir lo transcendente al puro presente, sino que, tomando su configuración tal como se presenta, podamos apreciar tanto las curvas de su desarrollo como sus proyecciones futuras. Con Hegel, en cierto modo representante de la razón moderna, se trataba de un pasado que termina en el presente, y sin futuro: la forma de un tipo de racionalidad cuya crisis pondremos de cuando en cuando de manifiesto, sin seguir un programa de antemano y con todo el rigor intelectual que nos sea posible.

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